Kitchen Stories


En una industria cinematográfica dominada por la vacuidad hollywoodiense de la
acción frenética y los efectos especiales, algunas películas son como un soplo
de aire fresco. Es el mismo sentimiento que me producen las películas del coreano
Kim Ki Duk, en las que lo extremadamente sencillo puede rentar lo máximo en
la pantalla y en la cabeza del espectador.

Kitchen Stories es una película sobre la soledad y sobre la amistad, sobre
los cortafuegos emocionales, y también sobre el falso “bienestar”
de la modernidad. Respecto de esto último, recuerda a Mi Tio de Jacques
Tati, tanto en la estética de le sociedad protoconsumista de los años 50, como
en la sátira de la supuesta felicidad que los productos de consumo proporcionan
a los ciudadanos.

El guión está escrito en clave de fábula satírica. A partir de una investigación
absolutamente absurda (en realidad la realidad supera a la ficción en nuestra insana sociedad) va entretejiendo un puñado de reflexiones que quedan someramente
esbozadas. Como toda fábula que se precie, es mucho más rico lo que sugiere
que lo que realmente cuenta.

Cuando me dijeron que era una película noruega me dio un tanto de respeto al
principio. Los personajes de las películas nórdicas a veces parecen alienígenas
comparados con los de una película española (incluso contando con Almodovar). Ésta no se sale del
patrón escandinavo y el guión es parco en diálogos. La pasión va por dentro
hasta que sale de un modo u otro, y merece la pena de hacer el esfuerzo de ponerse
en la piel de los personajes para evitar que su frialdad aparente sea una barrera.

En resumen, una película nada recomendable para quien le guste ir al cine para
ver las mismas banalidades de siempre. Se corre el riesgo de ver una obra diferente,
original y, peor todavía, disfrutar de ese humor nórdico tan peculiar.

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