El ermitaño

En mi imaginario, el ermitaño es un ser legendario que se remonta a los albores del cristianismo o la Edad Media. Un asceta riguroso que se recluía en el desierto -la palabra proviene del griego eremos: desierto, yermo- o en las montañas para alejarse del infernal barullo de las ciudades y los pueblos, llenas del ajetreo creciente de los humanos y sus carros, y de las ominipresentes tentaciones sexuales, siempres perturbadoras para la tranquilidad del espíritu. O tal vez un monje piadoso junto con los seguidores que imitaban su vocación austera, relacionados con la lejana fundación de un monasterio. O al menos esa era la imagen mítica y arcaica que se me formaba antes de toparme este domingo por casualidad con un ermitaño del siglo XXI.

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