Cingles de Bertí

En el abismo

Un café en Aiguafreda. Todavía sin despertar del todo se hace duro coger altura para remontar esos cortados verticales, aunque merece la pena. Las terrazas sobre los riscos son un mirador privilegiado sobre el valle del Congost.

Sant Miquel del Fai; historia y paraje natural. No tengo nada en contra de que expriman a los domingueros, pero no voy a pagar tres euros por ver una cascada.

Ya no queda mucho hasta Sant Feliu de Codines. Sin incidencias. Solo un desvío involuntario respecto del GR 5 para amenizar la ruta.

El país encantado del Somontano

Violante me pone en un aprieto y me pide que haga una crónica cuando todavía estoy a medio despertar de un dulce sueño, con la consciencia flotante y aferrada a lo soñado, mientras la realidad va anegándolo todo poco a poco. Los sueños son experiencias únicas que son auténticas sólo en el momento en que ocurren, pero que se convierten en caricaturas cuando se trata de recordarlos o contarlos con palabras.

A retazos, voy rememorando algunos trozos del sueño, como cañones de una belleza salvaje y trepadas vibrantes, unas en abrigos prehistóricos y otras en las que se comparte la misma perspectiva vertical que la de los buitres vecinos.

Pero la memoria de las sensaciones no es ni de lejos igual de vívida y llena de matices que en el momento en que estaban ocurriendo en vivo y en directo. ¿Cómo era aquella impresión dolorosa y punzante en los pies cuando atravesamos infinitas veces las aguas gélidas del Mascún? ¿O aquellas otras que deleitaban al paladar cuando el estómago exigía atención inmediata? Cuenta la leyenda que Casa Castro es la única casa rural cuyo restaurante estuvo a punto de obtener tres estrellas de la guía Michelín, pero las perdió de la noche a la mañana cuando los críticos gastronómicos se quedaron a desayunar al día siguiente.

Como es habitual, algunas partes del sueño rozan el absurdo, como bolas de colores y danzas frenéticas en la plaza y el sonido penetrante e interminable del canto del país en un castillo de nombre Akelarre. El castillo estaba regentado por un príncipe que se quedó muy impresionado al ver que Cenicienta tenía el poder de la eterna juventud. El Príncipe, que invitó a ella junto a sus pajes a sentarse a la mesa de su castillo y compartió algunas botellas de su bodega, era un magnífico conversador, orgulloso de describir las esperanzas y aspiraciones de las gentes del país encantado. Luego todo ocurrió de repente. El Príncipe invitó a Cenicienta y compañía a un viaje en carroza, pero ella y sus pajes optaron por salir por piernas cuando oyeron que las campanas anunciaban las dos y media. Extrañamente, después de las campanadas no fue a Cenicienta a quien afectó el encantamiento, sino que el castillo se convirtió en una granja de cerdos y el Príncipe en un porquero.

En pocas horas, la severa realidad me ha despertado del todo a sopapo limpio. Como suele ocurrir a menudo, otro cuento más de príncipes y princesas se está desvaneciendo en el aire como por encanto.

Afortunadamente no todo lo soñado desaparece. Queda el recuerdo de lo soñado. Y queda el calor humano de los compañeros que no ha sido un sueño sino real y bien real.

Cerdanyola del Vallès, 11 de abril de 2007

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