
Bastan dos horas de esfuerzo y un kilómetro vertical para cambiar el chip, desde el paisaje verde, turístico y masificado hasta el mundo duro y frío de los amontonamientos infinitos de piedras.
Las primeras rampas, primero por el bosque y luego por comas pirenaicas_¡quién fuera vaca!_invitan a la conversación y a no racanear las pausas para hacer fotos de los saltos de agua del torrente. Pero ya por la interminable pedrera, la pendiente se hace notar y da paso a la introspección y a concentrarse en el esfuerzo.
Lástima que la gélida sensación térmica no nos deje ganas de recrearnos en la contemplación del paisaje desde la cumbre, ni de continuar enlazando otros collados y cumbres del cresterío. Será mejor que bajemos y nos mezclemos entre los turistas. Después de sentir el sabor del esfuerzo y del frío, la carne es débil y cae a la llamada del café con leche caliente y el bocadillo a resguardo, aunque sea a costa de la pérdida de la preciosa tranquilidad.